Ni la economía de EEUU ni las del Eurogrupo permiten aventurar una nueva recesión

El mundo económico está profundamente dividido sobre si nos enfrentamos o no a una nueva recesión y unos y otros manejan suficientes y sólidos argumentos como para que las dudas sobre este asunto sean disipadas con facilidad.
No se oculta, en ningún caso, que aunque hay datos que avalan un cierto riesgo de recesión, siempre basados en China y en los emergentes, no es menos cierto que los fundamentos económicos en los países desarrollados son sólidos y no se han generado excesos en la economía (ni calentamiento ni apalancamiento) cuya corrección se perciba como inminente.
Recurriendo a las Actas de los bancos centrales de ambos lados del Atlántico, tanto la Fed como el BCE muestran su cautela y su tono prudente. Así, las últimas actas Actas de la Fed sostienen que la Reserva Federal estudia modificar la hoja de ruta en cuanto a la normalización de la política monetaria, para adecuarla al nuevo contexto de crecimiento debilitado, elevada volatilidad e incertidumbre. No obstante, seguirá vinculada a la evolución del empleo y la inflación.
Por su parte, las Actas del BCE correspondientes a la reunión de enero, muestran unanimidad de todos los miembros del Consejo sobre la continuidad de la política monetaria, el deterioro y la mayor incertidumbre de la coyuntura actual, así como su determinación para utilizar todas las herramientas disponibles para el cumplimiento de su mandato. El BCE detecta mayores riesgos en la economía desde diciembre 2015 y un descenso en las expectativas de inflación; todo ello hace posible que, en su
reunión del 10 de marzo, anuncie nuevos estímulos monetarios junto con la revisión de sus estimaciones macroeconómicas.
Como colofón, en su informe previo a la reunión del G-20, el FMI destacaba que la actividad económica a nivel mundial se ha ralentizado “inesperadamente” desde finales de 2015, debilitándose más en el comienzo de 2016 como consecuencia del comportamiento de las bolsas mundiales. Respecto a la volatilidad en los mercados financieros, el Fondo indicaba que la aversión global al riesgo se ha “incrementado” como consecuencia de un persistente” crecimiento modesto en las economías avanzadas y ante las crecientes dudas sobre la situación de la economía china.
A partir de ahí, todo son previsiones, estimaciones o pronósticos como las señales de desaceleración en el área euro por parte del índice CESI de sorpresas económicas en el área euro, que cae de manera intensa hasta su nivel más bajo desde la parte final de 2014.
Dejando claro que los indicadores económicos que se han ido publicando recientemente han sorprendido mayoritariamente a la baja con respecto a las previsiones del conjunto de analistas, cada vez es más complejo determinar si las previsiones económicas, son las que arrastran a la baja a los mercados de renta variable o son éstos los que están influyendo de forma muy consistente en el “alma” de las economías occidentales, sobre las que pesa el brutal impacto psicológico de la crisis financiera de 2008.
Los indicadores del primer trimestre apuntan a que el crecimiento será de similar magnitud al experimentado hasta ahora y así lo certifica la OCDE en su último informe de perspectivas económicas en el que revisa a la baja sus estimaciones de crecimiento global tanto para 2016 (+3,0% frente a +3,3% anterior) como para 2017 (+3,3% frente a +3,6% anterior. No son unas estimaciones como para tirar cohetes, pero indican a que el crecimiento está ahí y que seguirá sustentándose en una política monetaria y fiscal acomodaticias, aunque limitado por el proceso de desapalancamiento en algunos países, un crecimiento potencial bajo y una mayor incertidumbre a nivel global.
Algunos de los analistas de referencia convienen en señalar “que el escenario de crecimiento no justifica las fuertes caídas en bolsa y el aplanamiento de las curvas de tipos, que anticipan una gran ralentización del crecimiento en los principales países desarrollados. Sin embargo, la magnitud de la depreciación de los valores bursátiles y la caída de las pendientes de tipos pueden convertirse en expectativas autorrealizadoras, provocando un deterioro del entorno macroeconómico sustancial”.
En este sentido y aunque hay datos que respaldan las dudas existentes tanto en EEUU como en Europa, como son la debilidad del crecimiento; el empeoramiento de los índices de confianza empresarial; el aumento de los diferenciales de riesgo de crédito; el endurecimiento de las condiciones de acceso al crédito para las empresas, o la caída de las expectativas de inflación, también es cierto que hay fundamentos económicos sólidos que permiten defender la tesis de que una recesión no parece cercana.
En este sentido se apuntan aspectos como las políticas monetarias de los bancos centrales como las del BCE, aunque cada vez tienen menos efectividad; los precios bajos del petróleo; la creación de empleo; el consumo de las familias; la situación financiera de las mismas; la recuperación, tímida, de las divisas de mercados emergentes tras tocar fondo. A todo ello, habría que añadir la posibilidad de una política fiscal más expansiva que ayudaría a la ruptura del círculo vicioso, creado entre la economía real y la economía financiera, en un momento en que una política fiscal más activa, además de beneficiarse de unos multiplicadores fiscales altos cuando los tipos son bajos, permitiría reducir el recurso a la política monetaria, aumentando las expectativas de subidas de tipos de interés. Consecuentemente, las perspectivas para las entidades financieras mejorarían y, paradójicamente, la transmisión de la política monetaria sería más eficaz.

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