Draghi vuelve a la carga y se lo pone más crudo a los bancos

Un análisis pormenorizado de la política monetaria del BCE y del complejo entorno al que se ve sometido la Eurozona, pone de manifiesto la necesidad de implementar un conjunto de políticas al nivel de los retos y riesgos a los que hace frente la zona euro, como son una política fiscal más favorable al crecimiento (donde haya margen), unas reformas estructurales que generen confianza y una política monetaria más expansiva.
En esa dirección va el paquete de medidas adoptadas por el BCE la pasada semana y que busca hacer frente al deterioro de las perspectivas de crecimiento global, la volatilidad de los mercados y el riesgo de efectos de segunda ronda en la inflación.
Las medidas anunciadas por Draghi, de mayor calado de lo esperado y adoptadas sin mayores muestras de alegría por parte de Alemania, van a tener un gran damnificado en el sector bancario europeo que verá, una vez más, como el descenso de tipos, el refi (-5 pbs) hasta el 0% (el que se aplica a las TLTROII) y el de depósito (-10 pbs) hasta el -0,4% (de impacto directo en el Euribor) dibuja un escenario muy poco atractivo para el futuro del negocio bancario, ya de por sí en situación delicada.
Y por si ello no fuera suficiente amenaza para la estabilidad económica futura, preludio de una nueva ronda de ERES y despidos, las medidas adoptadas por el BCE no alcanzaran su grado óptimo de eficacia, si los gobiernos de la vieja Europa no están en disposición de iniciar en unos casos y de continuar en otros, las profundas reformas que las estructuras económicas exigen para reducir los desequilibrios de sus cuentas públicas.
La política monetaria del Banco Central Europeo (BCE) no está cumpliendo con su objetivo en materia de precios, como lo demuestra el hecho de que la inflación general se haya mantenido cerca del 0% durante casi dos años y por debajo del 2% durante tres y, según las últimas previsiones del BCE, se va a mantener por debajo del 2% otros 2 años más.
En febrero, la inflación de la Eurozona ha vuelto a valores negativos (-0,2%), obedeciendo la recaída al descenso de los precios de la energía, de los alimentos no elaborados y también de la inflación subyacente, que cayó del 1% al 0,8%, restando fuerza a los indicios de inflexión al alza, frente a la idea de que la subyacente se ha mantenido estable en los últimos dos años.
Aunque los canales de transmisión de la política monetaria son complejos y dilatados en el tiempo, por lo que es difícil valorar si las medidas adoptadas por el BCE van ayudar a que la inflación converja al objetivo del 2%, el caso de la Fed norteamericana, que inició su política expansiva en 2008, con un incremento de su balance más intenso y anterior al del BCE, llegando a multiplicar por cinco su tamaño, ofrece al BCE una buena referencia.
El balance del BCE se incrementó en 2012 gracias a las operaciones especiales de financiación de largo plazo que, debido a su dependencia de la demanda de los bancos, se fueron amortizando gradualmente y reduciéndose el balance. El inicio de la QE del BCE en 2015, ha devuelto la tendencia al alza del balance y hasta el momento, se ha multiplicado por algo más de dos, algo que el de la Fed alcanzó en el primer trimestre de 2009.

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